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lunes, 4 de enero de 2010

El por qué y el para qué (3)




















Prueba de imprenta de Eugenie Grandet, por Honoré de Balzac. Fuente: Escribir y reescribir, Un manual para la corrección de los textos narrativos, por Gloria Fernández Rozas, Madrid, 2008. Prácticamente ningún autor se libra de cometer numerosas erratas de todo tipo en la redacción de su obra (al margen de los cambios de criterio de última hora). Precisamente por eso, existe el oficio de corrector de pruebas, que utilizan las editoriales

En su obra, Repensar la Historia, ya ampliamente citada en un post anterior, el historiador británico Keith Jenkins reflexiona sobre ese punto en el que, tras haber concluido su investigación, los historiadores han de escribirla:

"Es en ese momento en el que los factores epistemológicos, metodológicos, e ideológicos vuelven a entrar en juego, interconectándose con las prácticas diarias, como ya habrá ocurrido durante el resto de las fases de investigación. Obviamente las presiones del día a día son muy variadas pero podríamos destacar algunas de ellas.

1. Las presiones de la familia y/o amigos ("¡No vas a trabajar ni un solo fin de semana más!", "¿podrías dejar por un rato el trabajo?").

2. Las presiones del lugar de trabajo: sobre el historiador se ciernen los apremios de los decanos, los jefes de departamento, los colegas, las políticas institucionales de investigación y, no nos olvidemos, las obligaciones docentes.

3. Las presiones de los editores en relación con:

-El número de palabras: las limitaciones sobre el número de palabras son considerables y tienen consecuencias. ¡Pensad en lo diferente que sería el conocimiento histórico si todos los libros fueran un tercio más cortos o cuatro veces más largos del tamaño "normal"!

-El formato: el tamaño de las páginas, el tipo de impresión, con o sin ilustraciones, con o sin ejercicios, la bibliografía el índice, etc.; en fascículos, acompañados de casetes o de vídeo, todo esto también tiene consecuencias.

-El mercado: dependiendo de quiénes vayan a ser sus compradores, el historiador elegirá qué decir y cómo decirlo. Pensad que la Revolución Francesa de 1789 ha sido "diferente" según haya estado dirigida a escolares, a estudiantes de secundaria, a lectores no europeos, a "especialistas revolucionarios" o a profanos en la cuestión.

-Los plazos de entrega: el tiempo que el escritor puede destinar, tanto a la investigación como a la redacción, y cómo se distribuye ese tiempo (un día ala semana un semestre sabático, los fines de semana) afecta a la disponibilidad de las fuentes, la concentración del historiador, etc. Una vez más, los tipos de condiciones que impone el editor para la conclusión de una obra son, a menudo, cruciales.

-El estilo literario: el modo en el que escribe el historiador (de forma polémica, discursiva, rimbombante, pedante o combinando todos esos estilos) y la riqueza gramatical sintáctica y semántica; todo afecta al relato y puede que el historiador tenga que modificar su escritura para adaptarla al estilo de la editorial, al formato de las colecciones, etc.

-Los evaluadores: los editores envían los manuscritos a lectores especialziados que pueden exigir drásticos cambios en la organización del material (este texto, por ejemplo, tenía originalmente casi el doble de páginas); además, se sabe que algunos evaluadores juzgan en función de sus intereses personales.

-La reescritura: en todas las etapas, hasta que el tecto llega a la imprenta, se producen reescrituras. A veces, secciones enteras necesitarán tres borradores; otras, puede que trece. Las ideas brillantes que inicialmente parecían decirlo todo se vuelven aburridas y deslucidas cuando las habéis escrito una docena de veces; a veces elimináis cosas escritas en el original, y los contenidos no omitidos a menudo parecen rehenes de la fortuna. ¿Qué tipo de juicios son los que baraja un historiador mientras trabaja con esos vestigios que ha leído y comentado hace ya tanto tiempo?


Los condicionantes que, según Jenkins, rodean la elaboración de la obra historiográfica y su publicación no pueden ser más exactos. El desequilibrio como orden fue también producto de todos ellos, con excepción de la evaluación, que cobró la forma de ajustes sobre la marcha, entre autor y responsable de la editorial. En cualquier caso, Jenkins demuestra, una vez más que no sólo conoce su profesión como historiador, sino que además experimentó en carne propia los problemas que supone publicar una obra académica. Asunto sobre el cual muchos críticos parecen no tener idea.

Porque, en efecto, lo que suele olvidarse es que la editorial es tan responsable como el autor del resultado final del producto final: el libro que llega a las manos del lector. Sin embargo, el autor es el único que lo firma.

A lo largo de las fases finales de produccción del libro, cualquiera de mis libros, suelo esgrimir este argumento una y otra vez, aunque normalmente con escaso resultado. Ello es debido a que el autor raras veces trata con nadie que no sea el editor, jefe de ediciones, reponsable editorial o como se designe a esa persona que se convierte en el único interlocutor. A veces, el autor tiene el provilegio de tratar con el corrector, o más propiamente, con el jefe de correctores; pero no siempre es así.

En consecuencia, el autor apenas tendrá contacto con el equipo de profesionales que darán forma final a su libro. En realidad, casi todos ellos tenderán a atrincherarse en sus respectivos ámbitos, evitando, muy conscientemente, el trato con el autor.





















Explosión de colores, casi festiva y algo pop, para ilustrar la "implosión" de Yugoslavia, a cargo de la revista de historia catalana "L´Avenç", 1993. Obsérvese la tipografía "para-cirílica" diseñada para la ocasión. La portada hizo desistir al autor de enviar ejemplares de su artículo a colegas y amigos en las repúblicas ex yugoslavas, por entonces en guerra. Cubiertas y portadas suelen elaborarse (aunque no siempre, por fortuna) al margen del criterio profesional de los autores.


En apariencia, el asunto puede parecer anecdótico, pero no lo es; porque el resultado final tendrá un peso nada desdeñable en el producto final. Y no hablo ya de tal o cual cubierta francamente chapucera que el mismo autor evitará contemplar siempre que pueda -cosa que sucedió con una de las ediciones de uno de mis títulos .Eso puede ser anecdótico o no tanto, puesto que las editoriales dedican partidas presupuestarias, nada desdeñables, al diseño de cubiertas: por algo será. Pero es que el problema puede llegar a materializarse cuando el jefe de ventas opina que el título de la obra "no le convence", "no es comercial" o cualquier otra consideración por el estilo. El lector que no tenga experiencia en estas lides, se preguntará: "¿Y llegado ese caso, el autor cambia el título a propuesta del jefe de ventas?". La respuesta no es sencilla: depende de la veteranía del escritor y su capacidad para capear este tipo de situaciones, su inventiva a la hora de proponer títulos alternativos, su disposición a tener en cuenta el factor comercial, y un largo etcétera. En cualquier caso,y sea como sea, la cuestión habrá sobrevenido a iniciativa de la editorial, que es quien tiene la sarten por el mango.

Como ése, hay muchos otros lances en los que el autor será sujeto pasivo: la maquetación, la compaginación, la fecha de salida al mercado, o los términos del contrato de edición. Debo decir que a veces es posible introducir alguna variante aislada (normalmente a costa de mucha presión) pero no suele ser lo habitual.

Sin embargo uno de los grandes problemas centrales siempre es el de la corrección del texto. Y eso sí que no es ninguna broma. Ante todo, debe quedar claro que un autor, cualquier autor, por encumbrado que sea, comete numerosos fallos de todo tipo en el manuscrito de su obra. Además, puede ocurrir que la editorial tenga un libro de estilo propio, e imponga sus condiciones, totalmente enfrentadas a la opinión del autor. Llegados a este punto, en ocasiones hube de mantener verdaderas batallas contra algún que otro corrector dispuesto a "colar" puntos de vista propios que a veces resultaban ser totalmente subjetivos, inexactos o erróneos. Podría poner algunos ejemplos concretos, pero algún lector sagaz o del mundillo editorial quizá lograría identificar al protagonista, y aquí no se trata de ajustar cuentas ni perjudicar el condumio de personas concretas que hacen un trabajo, todo hay que decirlo, muy mal pagado.

Por otra parte, es necesario aclarar que, por supuesto, existen correctores francamente buenos, profesionales sobresalientes que pueden dejar el libro como una patena: es justo reconocerlo. Pero el problema real no es que la proporción de buenos o malos correctores sea mayor o menor. Esa no es la cosa. La cuestión es que el autor deja su libro en manos de un grupo de profesionales, normalmente mal pagados, que trabajan contra reloj y que no asumen ninguna forma de responsabilidad pública en el libro: ni para bien, ni para mal.

Por lo tanto, cuando el autor somete el manuscrito a corrección, puede llega a sentir que está jugándose la obra en una especie de perversa versión editorial de la ruleta rusa. El momento crucial tiene lugar cuando llegan las primeras correcciones sobre galeradas. Ahí ya puede ver, en negro sobre blanco si el corrector ha hecho bien su trabajo, o no... o incluso ha añadido errores que el autor deberá corregir a su vez... y eso ajústandose a las sempiternas prisas de la editorial que sólo concede una semana... Esos días son de una inevitable angustia.

Ahí se encuentra el origen de faltas, fallos y errores en los libros sobre los cuales a veces los críticos llaman la atención. Y eso, bien porque no poseen argumentos más sólidos que aportar, o porque en su ingenuidad y/o ignorancia del proceso de producción del libro, no tienen en cuenta a quién corresponde resolver esos problemas: al corrector de la editorial. A mayor abundamiento, no crea el lector de este post que la crítica ayudará a subsanar los errores. Quía: antes de volver a "meter el libro en máquinas", como suele decirse en la jerga profesional, la editorial hará mangas con capirotes.

Sólo con el tiempo, si la obra se convierte en un clásico y se considera que algunos añadidos por aquí y por allá ayudarán a vender más ejemplares, quizá se le ofrezca al autor la posibilidad de intervenir de nuevo. Pero es posible que ni siquiera eso llegue a producrise nunca. Recuerdo que la edición en castellano de la novela de Graham Greene, El americano impasible, publicada hace años por Alianza Editorial - Libro de Bolsillo, estaba repleta de espantosos errores derivados de una desastrosa traducción. Leí la obra en 1992 y pude comprobar cómo, muchos años más tarde, nadie había hecho nada por remediar unos fallos a los que era totalmente ajeno el pobre Graham Greene.

Por último, no debemos olvidar la papeleta que supone la transcripción de nombres o palabras en lenguas extranjeras. Eso es una complicación adicional si la transliteración se hace del alfabeto árabe, ruso, chino o de otras lenguas orientales que utilizan ideogramas en la expresión escrita. Si el libro versa sobre la historia de un determinado país o cultura, se puede llegar a un compromiso claro sobre la inclusión del término en su transcripción original o lo más ajustada posible, aunque siempre pueden aparecer discusiones derivadas de la declinación, las variantes en la versión más antigua de la lengua y un largo etcétera. Pero si el libro abarca una variedad planetaria de nombres, la opción habitual y más lógica, es decantarse por la translitaración más habitual: la utilizada por los medios de comunicación o, simplemente, la variante más tradicional, castellanizada. Por supuesto, eso deja un flanco abierto a la crítica facilona que, sin embargo, no suele venir del verdadero experto, o del lector extranjero, el cual conoce bien las dificultades que supone transcribir en Occidente los nombres o palabras de su propia lengua.

domingo, 27 de septiembre de 2009

El por qué y el para qué (2)









Keith Jenkins: tal como es, tal como escribe










No soy muy aficionado al género de la teoría historiográfica, pero debo reconocer que el libro de Keith Jenkins, Repensar la Historia (Editorial Siglo XXI, 2009), me enganchó bastante. Mérito adicional de la obra es que me interesó hasta el final, a pesar de no estar de acuerdo con una parte sustancial de las ideas del autor. Pero precisamente por ello, el libro me resulta estimulante, por inteligente; y creo que es de lectura obligada para todos aquellos a los que les interesen las relaciones con el pasado.

Acabo de escribir “pasado” y con ello asumo una de las ideas centrales de la obra de Jenkins:

“El pasado se nos ha escapado y la historia no es más que lo que los historiadores hacen de él cuando se ponen a trabajar”.

El pasado es una cosa; y la historia, otra. El pasado es literalmente inabarcable, a no ser que el lector o estudioso lograra revivirlo. Jenkins analiza detenidamente esta fragilidad epistemológica consustancial a la historiografía, a partir de cuatro razones fundamentales:

1.- “Ningún historiador puede abarcar ni recobrar la totalidad de los acontecimientos del pasado porque su `contenido´ es prácticamente ilimitado (…) La inconmensurabilidad del pasado imposibilita la historia total”

2.- “Ningún relato puede recobrar el pasado tal como fue, porque el pasado no fue un relato sino que se compone de acontecimientos, situaciones, etc. En la medida en que el pasado ha desaparecido, no puede ser contrapuesto a ningún relato, por lo que los relatos del pasado sólo pueden ser contrapuestos a otros relatos”. En consecuencia, “no existe un `texto´ fundamentalmente correcto a partir del cual el resto de las interpretaciones sean sólo variaciones; todo lo que tenemos son variaciones”

3.- Y a continuación, el extremo más interesante: “
Este punto implica que, con independencia de su mayor o menor grado de verificación, aceptación o comprobación, la historia sigue siendo inevitablemente una construcción personal, una manifestación de la perspectiva del historiador como `narrador´”

4.- Ahora bien, si los historiadores sólo pueden recuperar determinados fragmentos del pasado, en cierto sentido y retrospectivamente, “sabemos más sobre el pasado que quienes vivieron en él”. En parte porque el historiador “descubre lo que ha quedado olvidado del pasado y es capaz de reunir piezas que hasta entonces nadie había encajado”. Eso supone que, forzosamente, “la historia constantemente combina, cambia, exagera aspectos del pasado”. Pero (y Jenkins cita al geógrafo
David Lowenthal) “no para alterar [deliberadamente] (…) los acontecimientos sino para (…) dotarles de significado”.

Y aquí Jenkins vuelve sobre un asunto fundamental: “Hasta el cronista más empírico tiene que inventar estructuras narrativas para dar forma al tiempo y al espacio”

Desde hace muchos años, en parte por los imperativos docentes, pero también a la hora de redactar libros y artículos, la consideración de la estructura narrativa ha sido importante en mi trabajo. Pero a la hora de escribir El desequilibrio como orden, eso tuvo una importancia capital.

La razón es bien sencilla y aquí el lector puede inferirla de las palabras de Jenkins: el pasado no era lejano, no era ajeno a mi propia experiencia vital. Durante los años que abarca el libro, yo mismo había trabajado como periodista, pero provisto de las herramientas interpretativas del historiador. Escribí un importante número de artículos para diversos periódicos, intervine en tertulias, leí conferencias, di entrevistas y también las hice. Viajé a varios de los escenarios que se recogen en el libro, hablé con estadistas y políticos, con simples ciudadanos de a pie, con periodistas, con militares, con viajeros, con militantes y cooperante, con víctimas y verdugos, con economistas y mafiosos. Me impliqué hasta el cuello en mi época desde diversas aproximaciones. Y asistí muy de cerca a la maduración de veinticinco promociones de jóvenes que pasaron por mis aulas: eso es un montón de personas, si contamos desde 1983 a 2008. Conocí sus opiniones casi como adolescentes y a muchos me los volví a encontrar como adultos y profesionales en ejercicio, unos cuantos de entre ellos en los medios de comunicación. Sus ojos, como observadores, y sus opiniones sobre lo vivido, me dieron un poso muy preciado de información para entender esa época.

En definitiva: yo mismo había vivido el pasado que iba a relatar; ese pasado me había moldeado a mí, como persona, no me era ajeno en modo alguno. Pero el relato de esos casi veinte años tampoco sería extraño a una inmensa mayoría de los lectores del libro. Y eso era un desafío muy excitante: el ejercicio de la Historia Actual me permitía solventar, en parte, la fragilidad epistemológica que acompaña a la profesión de historiador. El pasado había sucedido, pero yo lo había vivido; a mi modesta escala, incluso había generado fuentes. De hecho, El desequilibrio como orden era en sí mismo una fuente para posteriores colegas en lo que tendría de narración del pasado con las piezas encajadas de una determinada manera. Con datos y detalles que el tiempo borrará de relatos posteriores, posiblemente más esquemáticos. Pero además, el libro como documento publicado en mayo de 2009, daba la posibilidad de confrontar esa experiencia del pasado con aquella que habrían vivido los lectores. Por supuesto, nunca podría recuperar el pasado vivido por centenares de millones de personas en todo el mundo desde 1990 a 2008, pero dado que es una época en la cual la información circula de forma creciente en cuanto a volumen y velocidad, mi desventaja con respecto a un medievalista era infinitamente menor; incluso en relación a muchos colegas especializados en siglo XIX o primera mitad del siglo XX.







Sugerente portada para un libro que, a la altura de 2006, aportaba planteamientos muy innovadores, y que pasó injustamente desapercibido en España







Esto puede parecer muy pretencioso, pero no trata de mostrar la redacción de El desequilibrio como orden bajo la forma de un experimento historiográfico, o algo por el estilo. Sencillamente, explica por qué lo que empezó como un compromiso con Alianza Editorial para hacer un ensayo tirando a breve que rematara La paz simulada, terminó siendo una experiencia realmente divertida. Como historiador me resultaba muy atractivo retratar la época por la que acaba de pasar trascendiendo las noticias de los periódicos, ordenando los acontecimientos, encajando las piezas y asombrándome de la enorme complejidad del periodo. Y todo ello evitando redactar un manual de formato enciclopédico, con profusión de subcapítulos y apartados. El objetivo era capturar la esencia de un periodo cuyas consecuencias alcanzaban todavía, y muy de lleno, nuestra propia actualidad. Por lo tanto, ahí queda una primera respuesta, muy sencilla, al por qué y para qué de El desequilibrio como orden.

Lógicamente, la primera tarea consistió en estructurar mínimamente el periodo. De ahí surgieron, inicialmente, dos grandes bloques cronológicos: 1990-1995 y 1996-2000. Resultaba evidente que en el 2001 comenzaba un tercer periodo, ¿pero cuándo concluiría? A la altura del año 2006, parecía imposible responder a esa pregunta. Mi primera intención fue recurrir a un final abierto. De hecho, el libro de Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi, El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (Eds. Lengua de Trapo, 2006) desarrollaba un argumento que prefiguraba la catástrofe social que se avecinaba, mientras que el Nuevo Orden podría tener cuerda para rato, sólo con que los republicanos volvieran a ganar las elecciones de 2008 en los Estados Unidos. Y eso a pesar de que la Segunda Guerra del Líbano, en el verano de ese mismo año, dejó muy en evidencia hasta qué punto estaban fallando las bases más sólidas en los planes de Bush y sus aliados para Oriente Medio. En otro momento más avanzado de la redacción, la idea fue concluir el libro con la invasión de Irak, en 2003.

Luego llegó la quiebra de las subprime. Es otro de mis recuerdos vívidos, porque aquel verano me lo pasé mayormente en Barcelona colaborando con Ramón Company en COM Ràdio, haciendo análisis de política internacional para su programa. Pues bien, cuando llegaron las primeras noticias sobre el impacto financiero de la crisis de las subprime a escala internacional, decidí dedicarle casi un programa entero al asunto y en pleno mes de agosto pronostiqué que la cosa iría muy mal, y que incluso la sociedad low cost iba a pinchar seriamente. Fue una de las pocas ocasiones en las que acerté de lleno en un pronóstico así. Pero, ¿cuándo iba a explotar la burbuja abiertamente? Esa era otra cuestión; pero de momento, lo ocurrido volvía a reforzar la idea de concluir el libro en abierto y a caballo del agotamiento del modelo
low cost.

Cuando se produjo el reventón de septiembre, 2008, estaba enfrascado en los capítulos referidos a China, India y Latinoamérica. Por lo tanto, muy pronto comencé a seguir la actualidad informativa y a buscar análisis de expertos financieros sobre lo que estaba sucediendo, incluyendo los puntos de vista de Krugman. También recuperé aquellas voces de alarma que Stiglitz venía dando desde los noventa.

Ni yo mismo me creía la suerte que había tenido: terminando el libro sobre una época, se abría el capítulo final en directo, primero desde la pantalla del televisor, y poco después en la misma calle de mi mismo barrio. Por entonces, la contundencia de lo que estaba sucediendo, no dejaba lugar a dudas: era “la Crisis”, con mayúscula, a escala global. Lo que no quedaba claro (y fue así durante semanas) era hasta dónde podía continuar la caída y a quién más podía arrastrar. Las medidas de reanimación puestas en marcha por los grandes expertos a escala mundial, se quemaban una tras otra.

Entonces comenzó a producirse un fenómeno interesante: a pesar de los descomunales descalabros financieros, del cierre de empresas y del desempleo galopante, no se reprodujeron los efectos sociales del crack de 1929 y la consiguiente depresión. O, al menos, no se repitieron exactamente según el patrón o las las escenas que la memoria popular guardaba en su cabeza sobre esa época; es decir: lo que nos habían contando reiteradamente sobre lo que fue aquello. Este fenómeno parecía asociado con varias causas, de las cuales vale la pena destacar un par de ellas.



















"Madre itinerante, Nipomo, California", fotografía por Dorothea Lange, marzo de 1936. Se trata de uno de los iconos gráficos más célebres de la Gran Depresión. La mujer, Florence Thompson, trabajaba como recolectora de guisantes. Empobrecida, se había visto obligada a vender las ruedas de su coche, e incluso la tienda de campaña. En nuestros días, tales dramas son protagonizados por la mano de obra inmigrante, lo cual ha contribuido a que, en la presente crisis, no se hayan difundido iconos de tanto alcance emocional para el público occidental

En primer lugar, algo ya explicado en el epílogo de El desequilibrio como orden: uno de los leitmotivs centrales de la globalización neoliberal, la creación de una clase media universal, había calado lo suficiente como para que amplios sectores de la población mundial optasen por aguantar el chaparrón, a la espera de una reactivación de las condiciones económicas vividas hasta entonces. En segundo lugar, una reacción ya mencionada en otro post de este mismo blog: a lo largo del siglo XX nos hemos acostumbrado demasiado a cerrar épocas en base al final de guerras de verdad, con millones de muertos y enorme devastación. Entre 1989 y 1991 no hubo tal; en 2008, tampoco.

Maticemos: la crisis de 2008 ha dejado a decenas de millones de personas en la calle en todo el mundo, pero no ha sido suficiente. Nos falta la repetición de la célebre foto de Dorothea Lange, las colas de parados en dramático blanco y negro, esperando al plato de sopa, un nuevo William Faulkner, las caravanas de temporeros viviendo al borde de la carretera en pleno Middle West. Quizá mucha gente confunde hoy el pasado con la historia, y pretende haber vivido aquel a través de un buen conocimiento de ésta, sin tener en cuenta la compresión temporal que incluye el relato histórico, sin los enormes tiempos muertos y el desconocimientos del futuro que nos impone la experiencia del presente. Por otra parte, puede que existan muchas fotos de Lange y colas y Faulkners en China; pero eso no nos ha llegado, o no nos ha impresionado. ¿Por qué será?

Desde el punto de vista político, a estas alturas resulta evidente que lo ocurrido en el otoño de 2008 inició un punto de giro, una verdadera puerta de salida a todo el periodo. No transcurre día sin que Barack Obama nos recuerde que el proyecto del Nuevo Orden ha pasado a formar parte del pasado. Los últimos capítulos han sido la renuncia al escudo antimisiles en Europa oriental; o la llamada del presidente norteamericano a iniciar una nueva era de cooperación y multilaterialismo ante la Asamblea de las Naciones Unidas, por citar sólo dos ejemplos muy recientes.

Quizá puedan parecer simples poses: pero hay momentos en la historia en los que es factible recurrir a esos posicionamientos, aunque puedan parecer artificiosos; y otros en que no hay margen para tal cosa, como ocurría no hace tantos meses. En realidad, hay muchos datos de que la situación ha cambiado realmente con respecto a los tiempos del Nuevo Orden. Washington y Moscú se están reconciliando; pero, por otra parte, ya se habla abiertamente de un intento conjunto chino-americano por empuñar la batuta global. Y no deja de ser curioso que Washington lo admita. Los occidentales ya no piensan en imponer un nuevo ordenamiento político en Afganistán; sólo en traspasar la papeleta militar al nuevo Ejército afgano y largarse de allí. América Latina se está ocupando de sus propios asuntos, con una autonomía que hubiera parecido increíble hace bien poco tiempo; eso incluye un
interesante acercamiento a África. El G20 es una realidad mucho más multilateral que el G8; la autoridad del FMI ha quedado socavada.

Es evidente que hay muchos escenarios que no han cambiado. La situación en Oriente Medio sigue pareciendo tan irresoluble como de costumbre. Pero eso era así ya en tiempos de la Guerra Fría, e incluso antes, en los años treinta del siglo XX. El mundo ha atravesado por diversos periodos en que todo ha cambiado menos el sumidero de los conflictos entre musulmanes-judíos y/o israelíes-árabes. Por otra parte, entre las grandes potencias emergentes no hay ninguna musulmana, a excepción, quizá, de Turquía. Es cierto que la presencia de China en África es anterior al otoño de 2008 y parece que seguirá siendo un realidad. Pero es que en la práctica historiográfica es un lugar común que la utilización de fechas como límites de los periodos es un recurso necesario pero relativo, a veces meramente aproximativo. Quizá por ello, el profesor
Santiago Niño Becerra ha vendido ya varias ediciones de su libro La crisis de 2010 (Eds. del Lince, 2009). En ocasiones, como la que nos ocupa, podemos considerar que en el otoño de 2008 pasó "algo" importante, aunque precedido por la crisis de las subprime y quizá seguido por un desastre financiero peor: el equivalente a 1932 despues del 1929.

El desequilibrio como orden arranca, precisamente, con algunas consideraciones sobre la conveniencia de recurrir a 1990 como fecha de inicio de todo el periodo, cuando quizá sería más adecuado hablar de 1989 o de 1991… cuando no, para algunos fenómenos, de 1987 o de 1981. Esto es algo que sabe cualquiera que haya pasado cuatro o cinco años en la facultad, como Carlos Masdeu.

Él, por ejemplo, pone en cuestión la validez de que el crash del otoño de 2008 establezca un final adecuado al marco general de la época. Una vez más, ve la habitual intencionalidad comercial en la elección de esa fecha. En realidad, la alternativa comercial fue la que se sugirió desde la editorial: prolongar el libro hasta el día anterior a la entrega del manuscrito. Esta práctica es la más frecuente en los libros de Historia Actual. Tiene la ventaja de lo “comercial” (supuestamente el libro le explica al lector lo que ocurrió hasta “ayer”) y al ser un final abierto, resulta menos arriesgado. Pero El desequilibrio como orden es una caja de bombas, y ahorrarle ese último riesgo era poco menos que anecdótico.

Es cierto que la elección resultó controvertida, posiblemente por las causas apuntadas más arriba y alguna más: conforme transcurre el tiempo, nos acostumbramos a vivir instalados en la crisis general (sobre todo aquellos que no hemos ido al paro). La cobertura mediática ayuda mucho a mantener esa ilusión. Por supuesto, y en primer lugar, las agencias y medios abonados a la derecha conservadora y neoliberal. Pero no faltan voces desde la izquierda moderada que se apuntan al recurso. De esa forma, unos por los otros, los periódicos y canales de televisión mantienen sus líneas editoriales, porque venden un determinado producto a un público concreto. Y aquí, aparentemente, no termina nada: Ahmadineyad sigue siendo el gran problema mundial, los rusos son fuente de todo mal, Chávez pone Latinoamérica patas arriba, Bin Laden no ha sido capturado, la guerra contra el terrorismo mundial no ha concluido y, para muchos, ya se está notando la ausencia de Bush. ¿Acaso ha cambiado algo realmente importante?

Pero esa tendencia –realmente comercial, en la peor de las acepciones que Carlos Masdeu pueda manejar- no hace sino explotar la tendencia a minimizar el significado histórico del momento vivido. Debe decirse que esto le sucede a una enorme cantidad de personas que, como
Fabrizio del Dongo en la batalla de Waterloo, viven el presente sin percatarse de que, a la vez, ya han atravesado el pasado inmediato.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El por qué y el para qué (1)





















Un antiguo alumno me remite su reseña bloguera sobre El desequilibrio como orden, acompañada por la noticia de que ha pasado un año en Londres, durante el cual "ha desconectado completamente de la historia" (sic: supongo que se refiere a la práctica historiográfica). De todas formas, leyendo la reseña, no se me antoja tal. O al menos, no da la sensación de que haya desconectado de los tics corporativos del estudiantado español (compartidos por muchos colegas docentes del alma mater, incluso de mediana edad) y en cambio no parece haberse leído o enterado de las sorprendentes ocurrencias del "Economista Camuflado" Tim Harford sobre la rentabilidad extrema de lo cotidiano, que se ha convertido en todo un fenómeno socio-mediático en Gran Bretaña desde su columna en el "Financial Times". "¿Debería bajar la tapa del inodoro como exige mi mujer? O con la gravedad de su parte, ¿debería bajarlo ella misma?" -pregunta Michael Govind desde Cirencester. La señorita C. H. de Nottinghamshire pregunta si debería fingir los orgasmos. Y el "Economista Camuflado" analiza la rentabilidad de las opciones, en estos y decenas de casos más.

Pero no hace falta llegar a los extremos de Harford, para deducir que la búsqueda de la rentabilidad abarca una buena parte de nuestro comportamiento: social y, desde luego, profesional. Bromas aparte, el comentario viene a cuento de una de las críticas más pugnaces de Carlos Masdeu a El desequilibrio como orden: el pretendido "tufillo" comercial del libro, para emplear su propia expresión. Y en apoyo del aserto, elabora una ensalada-párrafo con mesclum de pistas: desde la foto de portada, al hecho de que el libro venga a ser una continuación de La paz simulada, o que el "border line" final del periodo sea el año 2008 y no otro cualquiera.

Desmontar el putpurri es sencillo, porque en realidad a las pretendidas pistas, esas que él indica, no les unía ninguna intencionalidad comercial; pero llevará su tiempo. En el ínterin vaya por delante la pregunta: ¿y por qué El desequilibrio como orden no debería ser una obra comercial, o que buscara conscientemente la comercialidad? Al hilo de los sagaces comentarios de Carlos Masdeu, a quien recuerdo inquieto e inteligente, vamos a hablar aquí y en algún otro post, de rentabilidades y motivaciones. Un asunto capital para todo aquel que se haya propuesto escribir un libro o, como él, emprender una investigación académica.

Sospecho que Carlos confunde "comercialidad" con "oportunismo". Pero aún así, seamos sinceros: casi todas mis obras fueron una cosa y la otra: La trampa balcánica se publicó en 1994, en plena guerra de Bosnia, y no por casualidad. Slobo fue un encargo de la entonces Editorial Grijalbo, aprovechado el tirón de la caida en desgracia de Milosevic, tras diez años de guerras balcánicas. El turco comenzó a redactarse cuando crecía la polémica sobre la inminente inclusión de Turquía como candidato formal a la UE (¡y vaya polémica!). Muy a mi pesar, ya hace más de veinte años, en 1989, La mística del ultranacionalismo fue un libro mal distribuído por las Ediciones de la UAB, que siempré soñé ver reeditado con más éxito en alguna editorial comercial. Y La paz simulada, que fue otro encargo, dió la sorpresa al convertirse en un éxito de ventas; a no dudar, por la contribución cualitativa de Enrique Ucelay-Da Cal y Ángel Duarte.

En conclusión: ojalá que El desequilibrio como orden hubiera sido mejor comercializado. Pero el fuerte de Alianza Editorial no está precisamente en las campañas de promoción. El libro se popularizará completamente el día en que Google Books lo escanee. Sin embargo, cuando se escribió, el deseo del autor era que tuviera éxito, que llegara al público, que generara polémica. Y eso, en una primera fase, sólo se consigue a través de una comercialización eficaz. Si la obra queda olvidada en la estanterías de las bibliotecas o los almacenes de la editorial, las propuestas que contiene no servirán para nada. Un amigo diplomático, comentó que El desequilibrio como orden es una obra que debería haberse publicado dentro de algunos años. No puedo estar más en desacuerdo: el momento del libro es, precisamente, ahora. Porque su intencionalidad es abiertamente polémica; y a partir de ahí, servir de borrador para nuevos libros sobre ese periodo histórico, aunque demuestren que sus tesis estaban equivocadas.

Entiendo que a muchísimas personas, especialmente jóvenes, les causa cierto pudor manejar eso de la "comercialidad". Puede que sea un eco de ciertas estrategias publicitarias: supuestamente, lo bueno es lo artesanal, no lo industrial, que requiere de lo comercial (y se induce, de forma automática, un falso dilema en la cabeza del consumidor).

O quizá es debido a que existe una comercialidad generacional interna que tiene sus propias rentabilidades, la mayor de las cuales reposa en el rechazo de lo dominante. Pero, y por tomar el mismo simil de Carlos, las grandes y conocidas bandas de rock también buscan trascender en la comercialidad hegemónica y a través de ello, influir en la corriente general de la música. De esa manera, "Sex Pistols" son alguien, mientras que "
La Polla Records" se ha quedado como una pieza de museo del otrora rock radikal vasco (o vasko) de los ochenta del siglo pasado; por poner un ejemplo entre miles posibles (no hay nada personal: de hecho en su día me compré la casete del mencionado grupo punk).

En niveles académicos, y especialmente en el mundo de las Letras y las Humanidades, la comercialidad no gusta. Es decir: no es aplaudida ni fomentada. Por ello, no es casualidad que las universidades privadas no destaquen por sus estudios de Letras, y sí por las facultades más "competitivas" y/o "rentables", capaces de conseguir contratos en la empresa pública o privada. En consecuencia, la producción intelectual de las facultades de Letras circula por canales de muy escasa difusión entre el gran público. De ahí que su promoción o incluso supervivencia pase por la subvención a perpetuidad y su utilización intensiva para la promoción corporativa. En ese panorama encaja de perillas el discurso de que lo serio, por supuestamente académico, es lo minoritario y elitista. Aunque, a la postre, no es extraño encontrar precisamente ahí una producción intelectual notablemente conservadora en sus planteamientos y conclusiones. Lógicamente, lo novedoso o audaz suele pasar desapercibido entre el resto de los contenidos, poco abocados al esfuerzo innovador y más centrados en cumplir con los requisitos formales.

Como se puede ver, ese tipo de razonamiento tiene fácil entrada entre el estudiantado, porque además se puede asimilar con facilidad al mundo de la música o el cine. En cambio, el universitario que busca abiertamente la comercialidad se la juega, porque debe ganarse de alguna forma la aprobación del gran público, pero también de la propia academia. Para ello ha ofrecer algo atractivo pero a la vez consistente, que se mantenga en el tiempo. Escribir exagerando o soltando las muy habituales lindezas contra Bush para no parecer socialdemócrata (como sugería Rafael Robles en su blog) no es suficiente: el histrionismo aburre, y además no resulta apropiado para analizar. No convence. Repetir lo dicho una y mil veces, tirar de obviedad, es más seguro... sobre todo para los políticos o para mantener una conversación insustencial con el vecino en el ascensor. No arriesgar es seguro; pero aún lo es más no escribir nada. Airear documentos o testimonios novedosos no es fácil cuando se trabaja en Historia Actual: los archivos reservados tardan muchos años en ser desclasificados, si es que llegan a abrirse algún día y todos los documentos están en su sitio y son realmente originales. Los grandes protagonistas que tienen algo que decir, suelen hacerlo cuando se retiran, o después de muertos.

Llegados a este punto, el lector se habrá percatado de que escribir El desequilibrio como orden no fue tarea fácil. Decidirse a hacerlo, tampoco. O mejor dicho: sí lo fue inicialmente, porque confié en la colaboración de mis compañeros de La paz simulada. Pero no tardaron mucho en echarse atrás, y hubo que seguir en solitario.

Entonces ¿dónde estaba la compensación o el beneficio? Desde luego, no en la comercialidad del libro, entendida como ganancia material. Hay miles de personas que no han publicado un libro y por ello desconocen que, al menos en España, el dinero que puede reportarle al autor una obra académica o técnica es muy escaso. Demasiado, teniendo en cuenta que el libro es, todavía hoy, un producto altamente rentable para el negocio editorial. A cambio, el cheque que cobra no le compensa al autor, ni de lejos, el esfuerzo: por ejemplo, los dos años largos que se tardó en escribir el volúmen que nos ocupa. Si además la temática del libro exige hacer algunos viajes para consultar documentos o realizar entrevistas, el negocio es literalmente ruinoso.

Tirar de sentimientos primarios, como la vanidad, tampoco lleva demasiado lejos. La tal satisfación es cosa de primerizos: no suele sobrevivir al primer libro publicado. La actual oferta de títulos y temáticas es de tal calibre, que la fama resulta más pasajera que nunca. Si la vanidad deviene patológica, el coste de alimentarla puede suponer un verdadero riesgo para la salud, aparte de desatender la propia vida familiar y laboral: casi nadie ha logrado vivir de publicar libros en España, aparte de
Corin Tellado, en sus tiempos; y como se ha demostrado, aquello era una verdadera empresa familiar y basada, además, en la rentabilidad pura y dura. Pero sobre todo, es que la vanidad sólo se sacia con triunfos; y escribir libro tras libro, sin solución de continuidad, conlleva el riesgo de acabar publicando verdadera basura.

En cualquier caso, y para concluir, por el momento, es de suponer que las motivaciones y objetivos más puramente profesionales son las de mayor interés para el lector de este blog o aquel que haya leído El desequilibrio como orden; y esas serán el objeto del próximo post sobre este asunto. Continuará.