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domingo, 27 de septiembre de 2009

El por qué y el para qué (2)









Keith Jenkins: tal como es, tal como escribe










No soy muy aficionado al género de la teoría historiográfica, pero debo reconocer que el libro de Keith Jenkins, Repensar la Historia (Editorial Siglo XXI, 2009), me enganchó bastante. Mérito adicional de la obra es que me interesó hasta el final, a pesar de no estar de acuerdo con una parte sustancial de las ideas del autor. Pero precisamente por ello, el libro me resulta estimulante, por inteligente; y creo que es de lectura obligada para todos aquellos a los que les interesen las relaciones con el pasado.

Acabo de escribir “pasado” y con ello asumo una de las ideas centrales de la obra de Jenkins:

“El pasado se nos ha escapado y la historia no es más que lo que los historiadores hacen de él cuando se ponen a trabajar”.

El pasado es una cosa; y la historia, otra. El pasado es literalmente inabarcable, a no ser que el lector o estudioso lograra revivirlo. Jenkins analiza detenidamente esta fragilidad epistemológica consustancial a la historiografía, a partir de cuatro razones fundamentales:

1.- “Ningún historiador puede abarcar ni recobrar la totalidad de los acontecimientos del pasado porque su `contenido´ es prácticamente ilimitado (…) La inconmensurabilidad del pasado imposibilita la historia total”

2.- “Ningún relato puede recobrar el pasado tal como fue, porque el pasado no fue un relato sino que se compone de acontecimientos, situaciones, etc. En la medida en que el pasado ha desaparecido, no puede ser contrapuesto a ningún relato, por lo que los relatos del pasado sólo pueden ser contrapuestos a otros relatos”. En consecuencia, “no existe un `texto´ fundamentalmente correcto a partir del cual el resto de las interpretaciones sean sólo variaciones; todo lo que tenemos son variaciones”

3.- Y a continuación, el extremo más interesante: “
Este punto implica que, con independencia de su mayor o menor grado de verificación, aceptación o comprobación, la historia sigue siendo inevitablemente una construcción personal, una manifestación de la perspectiva del historiador como `narrador´”

4.- Ahora bien, si los historiadores sólo pueden recuperar determinados fragmentos del pasado, en cierto sentido y retrospectivamente, “sabemos más sobre el pasado que quienes vivieron en él”. En parte porque el historiador “descubre lo que ha quedado olvidado del pasado y es capaz de reunir piezas que hasta entonces nadie había encajado”. Eso supone que, forzosamente, “la historia constantemente combina, cambia, exagera aspectos del pasado”. Pero (y Jenkins cita al geógrafo
David Lowenthal) “no para alterar [deliberadamente] (…) los acontecimientos sino para (…) dotarles de significado”.

Y aquí Jenkins vuelve sobre un asunto fundamental: “Hasta el cronista más empírico tiene que inventar estructuras narrativas para dar forma al tiempo y al espacio”

Desde hace muchos años, en parte por los imperativos docentes, pero también a la hora de redactar libros y artículos, la consideración de la estructura narrativa ha sido importante en mi trabajo. Pero a la hora de escribir El desequilibrio como orden, eso tuvo una importancia capital.

La razón es bien sencilla y aquí el lector puede inferirla de las palabras de Jenkins: el pasado no era lejano, no era ajeno a mi propia experiencia vital. Durante los años que abarca el libro, yo mismo había trabajado como periodista, pero provisto de las herramientas interpretativas del historiador. Escribí un importante número de artículos para diversos periódicos, intervine en tertulias, leí conferencias, di entrevistas y también las hice. Viajé a varios de los escenarios que se recogen en el libro, hablé con estadistas y políticos, con simples ciudadanos de a pie, con periodistas, con militares, con viajeros, con militantes y cooperante, con víctimas y verdugos, con economistas y mafiosos. Me impliqué hasta el cuello en mi época desde diversas aproximaciones. Y asistí muy de cerca a la maduración de veinticinco promociones de jóvenes que pasaron por mis aulas: eso es un montón de personas, si contamos desde 1983 a 2008. Conocí sus opiniones casi como adolescentes y a muchos me los volví a encontrar como adultos y profesionales en ejercicio, unos cuantos de entre ellos en los medios de comunicación. Sus ojos, como observadores, y sus opiniones sobre lo vivido, me dieron un poso muy preciado de información para entender esa época.

En definitiva: yo mismo había vivido el pasado que iba a relatar; ese pasado me había moldeado a mí, como persona, no me era ajeno en modo alguno. Pero el relato de esos casi veinte años tampoco sería extraño a una inmensa mayoría de los lectores del libro. Y eso era un desafío muy excitante: el ejercicio de la Historia Actual me permitía solventar, en parte, la fragilidad epistemológica que acompaña a la profesión de historiador. El pasado había sucedido, pero yo lo había vivido; a mi modesta escala, incluso había generado fuentes. De hecho, El desequilibrio como orden era en sí mismo una fuente para posteriores colegas en lo que tendría de narración del pasado con las piezas encajadas de una determinada manera. Con datos y detalles que el tiempo borrará de relatos posteriores, posiblemente más esquemáticos. Pero además, el libro como documento publicado en mayo de 2009, daba la posibilidad de confrontar esa experiencia del pasado con aquella que habrían vivido los lectores. Por supuesto, nunca podría recuperar el pasado vivido por centenares de millones de personas en todo el mundo desde 1990 a 2008, pero dado que es una época en la cual la información circula de forma creciente en cuanto a volumen y velocidad, mi desventaja con respecto a un medievalista era infinitamente menor; incluso en relación a muchos colegas especializados en siglo XIX o primera mitad del siglo XX.







Sugerente portada para un libro que, a la altura de 2006, aportaba planteamientos muy innovadores, y que pasó injustamente desapercibido en España







Esto puede parecer muy pretencioso, pero no trata de mostrar la redacción de El desequilibrio como orden bajo la forma de un experimento historiográfico, o algo por el estilo. Sencillamente, explica por qué lo que empezó como un compromiso con Alianza Editorial para hacer un ensayo tirando a breve que rematara La paz simulada, terminó siendo una experiencia realmente divertida. Como historiador me resultaba muy atractivo retratar la época por la que acaba de pasar trascendiendo las noticias de los periódicos, ordenando los acontecimientos, encajando las piezas y asombrándome de la enorme complejidad del periodo. Y todo ello evitando redactar un manual de formato enciclopédico, con profusión de subcapítulos y apartados. El objetivo era capturar la esencia de un periodo cuyas consecuencias alcanzaban todavía, y muy de lleno, nuestra propia actualidad. Por lo tanto, ahí queda una primera respuesta, muy sencilla, al por qué y para qué de El desequilibrio como orden.

Lógicamente, la primera tarea consistió en estructurar mínimamente el periodo. De ahí surgieron, inicialmente, dos grandes bloques cronológicos: 1990-1995 y 1996-2000. Resultaba evidente que en el 2001 comenzaba un tercer periodo, ¿pero cuándo concluiría? A la altura del año 2006, parecía imposible responder a esa pregunta. Mi primera intención fue recurrir a un final abierto. De hecho, el libro de Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi, El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (Eds. Lengua de Trapo, 2006) desarrollaba un argumento que prefiguraba la catástrofe social que se avecinaba, mientras que el Nuevo Orden podría tener cuerda para rato, sólo con que los republicanos volvieran a ganar las elecciones de 2008 en los Estados Unidos. Y eso a pesar de que la Segunda Guerra del Líbano, en el verano de ese mismo año, dejó muy en evidencia hasta qué punto estaban fallando las bases más sólidas en los planes de Bush y sus aliados para Oriente Medio. En otro momento más avanzado de la redacción, la idea fue concluir el libro con la invasión de Irak, en 2003.

Luego llegó la quiebra de las subprime. Es otro de mis recuerdos vívidos, porque aquel verano me lo pasé mayormente en Barcelona colaborando con Ramón Company en COM Ràdio, haciendo análisis de política internacional para su programa. Pues bien, cuando llegaron las primeras noticias sobre el impacto financiero de la crisis de las subprime a escala internacional, decidí dedicarle casi un programa entero al asunto y en pleno mes de agosto pronostiqué que la cosa iría muy mal, y que incluso la sociedad low cost iba a pinchar seriamente. Fue una de las pocas ocasiones en las que acerté de lleno en un pronóstico así. Pero, ¿cuándo iba a explotar la burbuja abiertamente? Esa era otra cuestión; pero de momento, lo ocurrido volvía a reforzar la idea de concluir el libro en abierto y a caballo del agotamiento del modelo
low cost.

Cuando se produjo el reventón de septiembre, 2008, estaba enfrascado en los capítulos referidos a China, India y Latinoamérica. Por lo tanto, muy pronto comencé a seguir la actualidad informativa y a buscar análisis de expertos financieros sobre lo que estaba sucediendo, incluyendo los puntos de vista de Krugman. También recuperé aquellas voces de alarma que Stiglitz venía dando desde los noventa.

Ni yo mismo me creía la suerte que había tenido: terminando el libro sobre una época, se abría el capítulo final en directo, primero desde la pantalla del televisor, y poco después en la misma calle de mi mismo barrio. Por entonces, la contundencia de lo que estaba sucediendo, no dejaba lugar a dudas: era “la Crisis”, con mayúscula, a escala global. Lo que no quedaba claro (y fue así durante semanas) era hasta dónde podía continuar la caída y a quién más podía arrastrar. Las medidas de reanimación puestas en marcha por los grandes expertos a escala mundial, se quemaban una tras otra.

Entonces comenzó a producirse un fenómeno interesante: a pesar de los descomunales descalabros financieros, del cierre de empresas y del desempleo galopante, no se reprodujeron los efectos sociales del crack de 1929 y la consiguiente depresión. O, al menos, no se repitieron exactamente según el patrón o las las escenas que la memoria popular guardaba en su cabeza sobre esa época; es decir: lo que nos habían contando reiteradamente sobre lo que fue aquello. Este fenómeno parecía asociado con varias causas, de las cuales vale la pena destacar un par de ellas.



















"Madre itinerante, Nipomo, California", fotografía por Dorothea Lange, marzo de 1936. Se trata de uno de los iconos gráficos más célebres de la Gran Depresión. La mujer, Florence Thompson, trabajaba como recolectora de guisantes. Empobrecida, se había visto obligada a vender las ruedas de su coche, e incluso la tienda de campaña. En nuestros días, tales dramas son protagonizados por la mano de obra inmigrante, lo cual ha contribuido a que, en la presente crisis, no se hayan difundido iconos de tanto alcance emocional para el público occidental

En primer lugar, algo ya explicado en el epílogo de El desequilibrio como orden: uno de los leitmotivs centrales de la globalización neoliberal, la creación de una clase media universal, había calado lo suficiente como para que amplios sectores de la población mundial optasen por aguantar el chaparrón, a la espera de una reactivación de las condiciones económicas vividas hasta entonces. En segundo lugar, una reacción ya mencionada en otro post de este mismo blog: a lo largo del siglo XX nos hemos acostumbrado demasiado a cerrar épocas en base al final de guerras de verdad, con millones de muertos y enorme devastación. Entre 1989 y 1991 no hubo tal; en 2008, tampoco.

Maticemos: la crisis de 2008 ha dejado a decenas de millones de personas en la calle en todo el mundo, pero no ha sido suficiente. Nos falta la repetición de la célebre foto de Dorothea Lange, las colas de parados en dramático blanco y negro, esperando al plato de sopa, un nuevo William Faulkner, las caravanas de temporeros viviendo al borde de la carretera en pleno Middle West. Quizá mucha gente confunde hoy el pasado con la historia, y pretende haber vivido aquel a través de un buen conocimiento de ésta, sin tener en cuenta la compresión temporal que incluye el relato histórico, sin los enormes tiempos muertos y el desconocimientos del futuro que nos impone la experiencia del presente. Por otra parte, puede que existan muchas fotos de Lange y colas y Faulkners en China; pero eso no nos ha llegado, o no nos ha impresionado. ¿Por qué será?

Desde el punto de vista político, a estas alturas resulta evidente que lo ocurrido en el otoño de 2008 inició un punto de giro, una verdadera puerta de salida a todo el periodo. No transcurre día sin que Barack Obama nos recuerde que el proyecto del Nuevo Orden ha pasado a formar parte del pasado. Los últimos capítulos han sido la renuncia al escudo antimisiles en Europa oriental; o la llamada del presidente norteamericano a iniciar una nueva era de cooperación y multilaterialismo ante la Asamblea de las Naciones Unidas, por citar sólo dos ejemplos muy recientes.

Quizá puedan parecer simples poses: pero hay momentos en la historia en los que es factible recurrir a esos posicionamientos, aunque puedan parecer artificiosos; y otros en que no hay margen para tal cosa, como ocurría no hace tantos meses. En realidad, hay muchos datos de que la situación ha cambiado realmente con respecto a los tiempos del Nuevo Orden. Washington y Moscú se están reconciliando; pero, por otra parte, ya se habla abiertamente de un intento conjunto chino-americano por empuñar la batuta global. Y no deja de ser curioso que Washington lo admita. Los occidentales ya no piensan en imponer un nuevo ordenamiento político en Afganistán; sólo en traspasar la papeleta militar al nuevo Ejército afgano y largarse de allí. América Latina se está ocupando de sus propios asuntos, con una autonomía que hubiera parecido increíble hace bien poco tiempo; eso incluye un
interesante acercamiento a África. El G20 es una realidad mucho más multilateral que el G8; la autoridad del FMI ha quedado socavada.

Es evidente que hay muchos escenarios que no han cambiado. La situación en Oriente Medio sigue pareciendo tan irresoluble como de costumbre. Pero eso era así ya en tiempos de la Guerra Fría, e incluso antes, en los años treinta del siglo XX. El mundo ha atravesado por diversos periodos en que todo ha cambiado menos el sumidero de los conflictos entre musulmanes-judíos y/o israelíes-árabes. Por otra parte, entre las grandes potencias emergentes no hay ninguna musulmana, a excepción, quizá, de Turquía. Es cierto que la presencia de China en África es anterior al otoño de 2008 y parece que seguirá siendo un realidad. Pero es que en la práctica historiográfica es un lugar común que la utilización de fechas como límites de los periodos es un recurso necesario pero relativo, a veces meramente aproximativo. Quizá por ello, el profesor
Santiago Niño Becerra ha vendido ya varias ediciones de su libro La crisis de 2010 (Eds. del Lince, 2009). En ocasiones, como la que nos ocupa, podemos considerar que en el otoño de 2008 pasó "algo" importante, aunque precedido por la crisis de las subprime y quizá seguido por un desastre financiero peor: el equivalente a 1932 despues del 1929.

El desequilibrio como orden arranca, precisamente, con algunas consideraciones sobre la conveniencia de recurrir a 1990 como fecha de inicio de todo el periodo, cuando quizá sería más adecuado hablar de 1989 o de 1991… cuando no, para algunos fenómenos, de 1987 o de 1981. Esto es algo que sabe cualquiera que haya pasado cuatro o cinco años en la facultad, como Carlos Masdeu.

Él, por ejemplo, pone en cuestión la validez de que el crash del otoño de 2008 establezca un final adecuado al marco general de la época. Una vez más, ve la habitual intencionalidad comercial en la elección de esa fecha. En realidad, la alternativa comercial fue la que se sugirió desde la editorial: prolongar el libro hasta el día anterior a la entrega del manuscrito. Esta práctica es la más frecuente en los libros de Historia Actual. Tiene la ventaja de lo “comercial” (supuestamente el libro le explica al lector lo que ocurrió hasta “ayer”) y al ser un final abierto, resulta menos arriesgado. Pero El desequilibrio como orden es una caja de bombas, y ahorrarle ese último riesgo era poco menos que anecdótico.

Es cierto que la elección resultó controvertida, posiblemente por las causas apuntadas más arriba y alguna más: conforme transcurre el tiempo, nos acostumbramos a vivir instalados en la crisis general (sobre todo aquellos que no hemos ido al paro). La cobertura mediática ayuda mucho a mantener esa ilusión. Por supuesto, y en primer lugar, las agencias y medios abonados a la derecha conservadora y neoliberal. Pero no faltan voces desde la izquierda moderada que se apuntan al recurso. De esa forma, unos por los otros, los periódicos y canales de televisión mantienen sus líneas editoriales, porque venden un determinado producto a un público concreto. Y aquí, aparentemente, no termina nada: Ahmadineyad sigue siendo el gran problema mundial, los rusos son fuente de todo mal, Chávez pone Latinoamérica patas arriba, Bin Laden no ha sido capturado, la guerra contra el terrorismo mundial no ha concluido y, para muchos, ya se está notando la ausencia de Bush. ¿Acaso ha cambiado algo realmente importante?

Pero esa tendencia –realmente comercial, en la peor de las acepciones que Carlos Masdeu pueda manejar- no hace sino explotar la tendencia a minimizar el significado histórico del momento vivido. Debe decirse que esto le sucede a una enorme cantidad de personas que, como
Fabrizio del Dongo en la batalla de Waterloo, viven el presente sin percatarse de que, a la vez, ya han atravesado el pasado inmediato.

domingo, 16 de agosto de 2009

Polémicos: "low cost"



















El gran símbolo internacional del fenómeno "low cost" es, ante todo, la cadena Wal Mart. En torno a ese emporio se viene desarrollando desde hace tiempo una amplia polémica sobre las condiciones de trabajo de sus empleados y hasta se ha tomado como modelo de estudio sobre los efectos sociales del "low cost" y la sociedad que ha terminado por alumbrar. En tal sentido, cabe considerar que no existe una economía del bajo coste "europea" y otra "americana": se tata de un fenómeno de esencia neoliberal extendido por todo el planeta a través de la globalización en su modelo predominante hasta 2008.






En este blog no sólo se pretende evaluar las críticas y reseñas en torno a El desequilibrio como orden, sino también buscar una continuidad polémica y documental sobre algunos asuntos tratados en el libro. Para ello, de vez en cuando, se rescatarán artículos de la prensa en red, se reseñará o dará noticia de libros aparecidos con posterioridad a la publicación de la obra (y de interés para la misma) y e incluso se apuntarán nuevas pistas o asuntos potencialmente interesantes para enmendar o añadir a El desequilibrio como orden.

Hoy se ha escogido un reportaje publicado en "El País" hace pocos días sobre el fenómeno "low cost". Llama la atención porque apunta a su cuestionamiento, una reacción nueva en ese períódico, que siempre ha tendido a reivindicar esa tendencia. Por supuesto, el asunto no se lleva más allá de las consideraciones técnicas que rodean al asunto como fenómeno económico. Si hay un eco de alcance social, se reduce a las opiniones de los sindicatos. En realidad, la pieza forma parte de una táctica habitual en "El País", como diario que presume de ser lo más "cool" en la prensa española: proyecta la imagen de cubrirse las espaldas ante lo que pueda venir, cuando, de hecho, en este caso, hace algún tiempo que el fenómeno "low cost" está siendo cuestionado y hasta denunciado, y es posible que vaya camino de su cancelación. Recuérdese que las "subprime", origen de la crisis actual, eran una manifestación más del fenómeno "low cost" (véase: El desequilibrio como orden, pags. 487-491)

También resultan de interés los comentarios de los lectores, que parecen más sensatos y enriquecedores de lo habitual, sin las salidas de tono, exabruptos, opiniones lunáticas y simples bobadas de estas secciones. Quizá ello es así por las pretensiones técnicas del reportaje.



REPORTAJE

El fenómeno 'low cost' no nos saldrá gratis

La explosión de productos y servicios de bajo coste ha democratizadoel consumo, pero tiene un precio - Los sindicatos alertan de que fomenta la precariedad y, en algunos casos, merma la innovación

"El País", Amanda Mars, 15 de agosto, 2009

Para que uno pueda comprar un billete de Madrid a Londres por 20 euros más las tasas y suplementos -a veces cero euros, incluso-; para que otro pueda colocar en su nevera un paquete de yogures de las llamadas marcas blancas entre un 18% y un 42% más baratos que otros casi idénticos, o para que pueda amueblar una casa prácticamente entera por poco más de 1.000 euros, las empresas que los venden han tenido que especializarse en cirugía fina con los costes.

Descartados el milagro y la magia como herramientas de control del gasto, ¿qué hacen las compañías para conseguir ofrecer esos precios sin arruinarse? ¿A costa de qué es posible este fenómeno, una explosión de productos y servicios a precios de derribo que han democratizado el consumo? En un momento en que no se deja de manosear la llamada "economía de valor añadido", ¿entra en contradicción el reinado del bajo coste?

"En cierto modo podría haber una contradicción con el discurso que defiende el valor añadido, porque es difícil encontrar tecnología nueva en este tipo de productos, pero no creo que conduzca a la baja calidad. Es imposible en servicios regulados, como la seguridad de las líneas aéreas, que es obligatoria, o algunos productos de alimentación: la leche pasteurizada, tendrá que ser pasteurizada", razona José García Montalvo, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

Los críticos del modelo ponen sobre la mesa la precariedad laboral y la merma a la innovación como consecuencia del reinado de este tipo de empresas frente a las compañías tradicionales. Pero las compañías de bajo coste y algunos expertos defienden la eficiencia de sus sistemas de trabajo, sus buenos acuerdos con los proveedores, y el sobreprecio que sus competidores hasta ahora cobraban a sus clientes.

En España el concepto low cost, (bajo coste, en inglés), lo importaron las compañías de vuelos baratos. Para los consumidores son una fiesta -casi el 40% de los pasajeros en España utilizan este tipo de aerolíneas-, pero muchos de sus trabajadores echan chispas. Manuel Sánchez Rollón, secretario de Acción Sindical del Sector Aéreo de Comisiones Obreras, asegura que las "diferencias salariales son abismales" entre las aerolíneas low cost y el resto, sobre todo en su personal de tierra (handling) subcontratado o no. Ahora, los sindicatos se las están viendo con Easyjet, con la que llevan dos años para mejorar las condiciones del convenio colectivo de sus empleados. "Estas son las diferencias: un operario de Easyjet con dos años de antigüedad cobra 15.400 euros anuales, uno de Flightcare 16.166 y otro de Acciona 17.138", apunta. Los sindicatos han convocado huelgas los próximos tres sábados de agosto, a partir de hoy.

Easyjet, la aludida, defiende que su modelo de negocio no se cimienta en las condiciones de sus empleados, sino en las facilidades de Internet y en su tipo de trayectos cortos, con lo que toda su tripulación (pilotos, azafatas...) y sus aviones duermen en su casa, y se ahorran un dineral en dietas, jornada laboral y gastos de alojamiento.

La cuestión es si es suficiente para poder ofrecer miles de plazas de avión a cero euros (aunque luego haya múltiples recargos), como hace Ryanair.

No hay un solo euro de ahorro en seguridad, cuyas exigencias son iguales para todas las aerolíneas. La aerolínea irlandesa, líder en el reino del bajo coste, también descubrió que se ahorraba cientos de miles de euros al eliminar algo tan accesorio como el reposacabeza de velcro y optar por tapicería de cuero para los asientos, más fáciles de limpiar, pero las condiciones laborales de su personal también despiertan recelos.

"Tenemos la flota de aviones más nueva de Europa y los sueldos de nuestros trabajadores cobran por encima de la media, pero pueden ir a dormir a sus casas", explica la compañía, que siempre defiende también su puntualidad.

La aerolínea vuela además a aeropuertos secundarios y cuenta apoyo de las Administraciones, bajo la forma de acuerdos de marketing. El Gobierno catalán, por ejemplo, ha garantizado más de 14 millones en ayudas para el periodo 2009-2011. "Son subvenciones escondidas en contratos de publicidad; no están jugando en igualdad de condiciones", se queja Eduardo Gavilán, de la junta del Colegio Oficial de Pilotos de Aviación Comercial (COAP). Esta entidad también ha pedido al Ministerio de Trabajo y a la Agencia Tributaria que investigue la situación fiscal de varias low cost extranjeras, con bases fijas en España, a las que acusan de no pagar las cuotas a la Seguridad Social en España, lo que supone "un importante ahorro de costes que va en detrimento" de las compañías españolas que sí cumplen con las obligaciones fiscales.

La calidad del servicio también ha despertado inquietud en las organizaciones de consumidores. Rubén Sánchez, de Facua, apunta que "los abusos a los consumidores se producen en todo tipo de aerolíneas, aunque algunas compañías como Ryanair son ejemplo de cómo hacer las cosas mal. Y las autoridades lo permiten con su dejación".

La lucha por mantener la calidad, en pleno recorte de gastos, es una preocupación generalizada en todos los sectores. "El periodismo de calidad no es barato y una industria que regala su producto está canibalizando su capacidad para hacer buen periodismo", dijo hace unos días Rupert Murdoch, propietario del mayor grupo de medios de comunicación del mundo, News Corporation, para explicar por qué cobrará por el acceso a la versión digital de sus periódicos a partir de 2010.

Y es que la cultura de lo barato, incluso de lo gratis, ha puesto en apuros a múltiples sectores. En alimentación, el equivalente a los vuelos baratos son las marcas de los distribuidores -las marcas blancas, porque originariamente eran así-. Este sector, que ya supone el 30% de las ventas de los súper, también plantea sombras. Las compañías de primeras marcas tradicionales han lanzado una campaña para defender su valor añadido y sus esfuerzos en investigación.

Hasta Bruselas se ha visto obligada a actuar en la polémica. Un grupo de trabajo de alto nivel de la Comisión Europa ha recomendado realizar un estudio sobre "el efecto de las marcas de distribución en la competitividad de la industria agroalimentaria, en particular en las pequeñas y medianas empresas, y examinar las maneras de reducir, si es necesario, los desequilibrios de poder en la cadena de suministro".

Un documento de este grupo de trabajo resalta, de hecho, que los distribuidores se han convertido en competidores de la industria alimentaria, con grandes ventajas, lo que plantea "serias cuestiones de competencia".

"La ausencia del nombre del productor en el envase lleva a efectos negativos para el consumidor y la industria" y supone "falta de transparencia". Además, "tal y como le preocupa a la industria, hay un impacto para las medianas empresas que trabajan para los distribuidores y en el beneficio que resulta de la innovación", ya que "las marcas blancas pueden reducir drásticamente su poder de mercado y la posibilidad de recuperar el coste de sus inversiones en el desarrollo de productos y seguridad. Aunque también puede suponer una oportunidad para hacer crecer sus negocios".

Según un informe elaborado por profesores de la Universidad Complutense, recogido por Mercasa, los productos de marca del distribuidor permiten ahorrar entre un 18% y un 42%. Un informe de Comisiones Obreras apunta que las diferencias salariales tienen algo que ver. "Las empresas con marcas propias generan mejores condiciones sociales y económicas (de media entre un 30% y un 40%, pudiendo llegar al 71%) que las marcas de distribución o blancas", apunta Jesús Villar, secretario general de la Federación Agroalimentaria de CC OO.

"No estamos en contra de las marcas blancas, sino de sus efectos en la industria. Intuíamos que íbamos a encontrar diferencias en las condiciones laborales, pero nos ha sorprendido lo negativo de los datos", añade Villar, cuyo equipo ha comparado los convenios colectivos en seis subsectores de la alimentación.

El representante sindical opina que esta tendencia conduce a la deslocalización de la producción y reclama que éstos lleven consigo toda la información de dónde han sido producidos y envasados, una información que en el sector se llama trazabilidad.

Mercadona, la compañía con más experiencia y más éxito en la "marca de distribuidor" (para ellos, "marcas recomendadas": Hacendado, Bosque Verde, Deliplus y Compy) se distancia de muchas de esas críticas. Sus productos sí llevan la identidad del productor y aseguran que su modelo pasa por la "máxima calidad". "Se ahorra en muchas otras cosas, como eliminar todos aquellos elementos que no añaden valor al producto pero que sí lo encarecen, como los embalajes excesivos. Por ejemplo, hemos quitado la caja de cartón del gel dentífrico infantil, que no añadía ningún valor pero encarecía en cinco céntimos el producto", explica un portavoz de cadena valenciana de supermercados.

La compañía también cuestiona que exista una brecha salarial entre los empleados de unas compañías y otras, dado que un gran número de marcas populares fabrican también para marcas de distribución. ¿Tienen la misma calidad uno y otro producto?

Es difícil generalizar una respuesta aquí. "Una mermelada puede tener más fruta que otra, por ejemplo, pero en general, si la calidad que ofrece un producto o servicio de bajo coste es buena, funciona, y si no lo es, fracasa. Por eso, no todas las aerolíneas de vuelos baratos, por ejemplo, han triunfado", apunta Pedro Arizmendi, socio consultor de Ernst & Young.

Tampoco cree que el bajo coste conduzca necesariamente a una mayor precariedad laboral, lacra que puede encontrarse en grandes multinacionales, de marcas prestigiosas. De hecho, la irrupción del bajo coste ha llevado a muchas otras empresas, que quizá estaban cobrando un sobreprecio, a rediseñar sus estrategias. La reducción de los costes, además, es una obsesión para la mayor parte de las compañías, sobre todo en estos tiempos de crisis (ver gráfico).

Ikea, otra de las grandes triunfadoras en la era de los productos baratos, también se quita de encima las críticas. Ha bajado sus precios un 2% anual en España. ¿Cómo consigue que sus muebles sean baratos? Por una retahíla de medidas, entre las que cita la búsqueda de materiales asequibles, buenos acuerdos con los proveedores y el ahorro del transporte. Y también porque produce su mobiliario en fábricas de países de bajos costes laborales, si bien, asegura, están sujetos a un código de conducta basado en la Declaración de Derechos Humanos de la ONU y los Derechos del Trabajo, cuyo cumplimiento comprueban mediante auditorías internas y externas.

Montalvo, que ha vivido durante años en Estados Unidos, está seguro de que el bajo coste no acaba con las compañías tradicionales, ni sirve de coartada para dejar de invertir en I+D: "En Estados Unidos hay ordenadores de 250 dólares (unos 176 euros), pero Intel sigue investigando para lanzar microchips cada vez más potentes. Lo que significa es más competencia. Convivirán los dos modelos".